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Thursday, April 1, 2010

La barricade ferme la rue, mais ouvre la voix. Acerca de la objetividad (y III)


Quedamos en que la objetividad es elusiva e ilusoria, que se construye textualmente mediante la utilización de recursos lingüísticos que permiten desdibujar al autor. Por otra parte, habíamos mencionado que al escribir el texto realizamos elecciones léxico-gramaticales que nunca son fortuitas, que están impregnadas de nuestra ideología y que nos revelan frente al lector. Me gustaría referirme ahora al concepto de honestidad académica y lo que abarca tal como la entiendo, un entender absolutamente abierto al debate y al cuestionamiento.
La honestidad académica es una noción que ha estado presente en la literatura científica durante mucho tiempo. Solía referirse estrictamente a la obligación moral de evitar transgresiones usualmente relacionadas con el plagio y la manipulación de datos. Las máximas que rigen el uso de las fuentes documentales y el tratamiento escrupuloso de los resultados siguen vigentes. No obstante, al adoptar una perspectiva crítica frente a la creación del conocimiento, es esencial incluir algunos otros parámetros que el investigador debe observar. Me he tomado la libertad de establecer tres dimensiones que, de nuevo, a mi parecer, componen la honestidad académica:
  1. Documental. Como mencioné en un post hace algún tiempo, toda investigación forma parte de un diálogo histórico que se retroalimenta permanentemente. Nuestro punto de partida está en el saber generado con anterioridad. Por eso es esencial que cuando comunicamos los resultados de nuestras indagaciones mencionemos explícita y exhaustivamente los antecedentes de nuestro trabajo, los fundamentos teóricos que lo sostienen y los modelos metodológicos que lo rigen. Más adelante dedicaremos alguna entrada en el blog a los métodos vigentes para citar fuentes y elaborar listas de referencias.
  2. Ideológica. Creo esencial que una investigación, en cualquier ámbito, sea congruente con la visión del mundo que tiene su autor. Defender posturas que consideramos indefendibles o que atentan contra nuestro sistema de valores es absurdo. Si queremos contribuir al desarrollo de nuestro campo, debemos comprometernos con los estudios que llevamos a cabo, una aventura que no puede sobrevivir si estamos en conflicto con lo que afirmamos. Muchos defienden que la postura ideológica que guía nuestra investigación debe, además, ser explícita. Sin trampa ideológica, la crítica que provoca cualquier avance científico puede focalizarse adecuadamente y el diálogo histórico no se detiene ni se desvirtúa.
  3. Discursiva. En el artículo de investigación, el informe o la tesis confluyen las dos dimensiones anteriores. El reconocimiento de las fuentes de las cuales se nutre nuestro trabajo se hace explícito en el texto y también los principios filosóficos que lo sostienen. Es en el texto donde se asume públicamente la responsabilidad de los alcances del trabajo, también de sus limitaciones y de sus yerros. Muchos autores evitan hacer referencia a sus traspiés; no obstante, es importante recordar que en los intersticios que quedan al descubierto en una investigación es donde se alojan las que vendrán.
Me seduce mucho más la honestidad que la objetividad. Es menos axiomática, más humana, y abre puertas a algo que raramente se menciona en los manuales de redacción científica: la pasión, el nervio.

A los doctorandos del programa de Economía de la Empresa de la UAB, cohorte 2009.
Imagen © charmaineswart

Wednesday, March 31, 2010

Cache toi, sujet. Acerca de la objetividad (II)


En esta nota quiero referirme a los artificios que construyen la objetividad textual. Considero pertinente hacerlo en vista de que muchos investigadores en ciernes se encuentran con que las normas de publicación de algunas revistas especializadas exigen el uso de un lenguaje objetivo. Pastor (2008) nos explica que “La traída objetividad se conforma con borrar el yo del texto, puesto que no puede eliminar el punto de vista (…)” (p. 143). Bien, basta entonces con poner en funcionamiento una serie de estrategias que nos permitan hacerlo y sobrevivir en el intento.
En castellano existen estructuras que favorecen el enmascaramiento de la agencia, es decir, son como velos detrás de los cuales el autor sigue presente, pero su intervención no se nota de forma explícita. Vamos a ellas. 
Prácticamente todas las estructuras encabezadas por se pueden servir de escondite: se encontró un gran número de casos que ratifican los supuestos iniciales (¡atención a la concordancia!), las encuestas se recolectaron en la fase final del proyecto. El uso de oraciones pasivas clásicas tiende a enturbiar el texto, pero puede ayudar: las encuestas fueron recolectadas en la fase final del proyecto. Las construcciones con lo + participio son frecuentes en castellano y muy útiles para el propósito que nos ocupa: lo establecido por la ley se transmite a la práctica. Asimismo, pueden utilizarse oraciones con sujetos no explícitos y no atribuibles a un agente concreto: afirman que la crisis es momentánea. Las nominalizaciones se suelen utilizar para evitar el uso de verbos que normalmente requieren de sujetos explícitos: la validación de los instrumentos se realizó en las fechas previstas.
Un recurso más sofisticado es el uso de modalizadores. Se trata, básicamente, de expresiones que sirven para poner distancia entre la información que se reporta y la autora o el autor: probablemente los casos registrados deban ser sometidos a un nuevo análisis no es lo mismo que los casos registrados deberán ser sometidos a un nuevo análisis. Son sutilezas nada desdeñables.
Ahora bien, lo que deberían estar preguntándose es si este tinglado de ardides lingüísticos es verdaderamente necesario. Cito ahora a Cassany (2008): “no podemos encontrar argumentos sólidos para desterrar las referencias personales a los autores y lectores. ¡Todo lo contrario! Si el escrito es comunicación entre dos personas, lo más normal es que aparezcan explícitamente en la prosa” (p. 204). Está claro que el prestigio que se otorga a la despersonalización del texto es la manifestación discursiva de una larga tradición epistemológica, nada más.
Desde mi punto de vista, todos los extremos son nocivos. Lo interesante es construir un texto sembrado de una rica gama de estructuras que alterne referencias personales, construcciones impersonales, nominalizaciones, pasivas reflejas y lo que ustedes tengan a bien elegir. No es necesario, lógico, ni adecuado, desde el punto de vista pragmático, que todas las oraciones de un texto vayan encabezadas por un yo. De igual modo, no parece tener demasiado sentido erradicar su presencia en aras de la objetividad. El hecho de que no se haga mención del autor no garantiza la pulcritud de la investigación. Lo que hacemos a través de este tipo de discurso es crear una ilusión. Y lo que es ilusorio no existe.

Imagen © linder6580

Monday, March 29, 2010

L'objectivité est morte, vive l'objectivité? Acerca de la objetividad (I)


No existe ningún discurso neutro. Todos están situados y, de un modo u otro, muestran su ideología. No existen datos absolutamente objetivos, desvinculados de las personas y de sus comunidades. Cualquier medida tiene un medidor, que observa desde algún lugar y en algún momento. Cualquier discurso tiene sesgo, pequeño o grande. No se puede entender nada plenamente, si no se relaciona con el autor, el lector y sus comunidades. Pretender que un texto carece de ideología es una forma de ideología: reproduce y acepta el estado de las cosas.
Daniel Cassany


En estos días voy henchida de alegría científica. Constato que la expresión honestidad científica o académica empieza a repetirse en los materiales dedicados a la formación en redacción técnica que comparte el MIT a través de su OpenCourseWare, en lugar de la objetividad. Y, qué puedo decir, me lleno de una cierta euforia. Quienes han asistido a los talleres para doctorandos que se han organizado en el Departament d’Economia de l’Empresa de la UAB saben cuál es mi posición con respecto a la objetividad, ese extraño constructo. Vayamos por partes. Esta es solo la primera.
La objetividad discursiva es muy discutible. Ocurre que cuando redactamos un texto seleccionamos elementos lingüísticos entre todos los que componen nuestro repertorio. La elección en sí misma es personal, individual. Existe, por supuesto, una intención detrás de ella: queremos que nuestro lector entienda exactamente lo que queremos decir. En esa especie de diálogo a ciegas, imprimimos en nuestros textos nuestra visión particular de lo que comunicamos. Es una versión muy simplificada de lo que se llama selección léxico-gramatical según la particular visión de Halliday (1985).
Piensen, por ejemplo, en una estructura impersonal de la cual podemos echar mano para ilustrar lo que ocurre cuando elegimos, digamos, un verbo. Lo haremos con apoyo electrónico porque, de momento, no tengo acceso al repertorio léxico de ningún cerebro.  Tomemos el verbo producir. Con él podemos construir algo como un antiséptico e impersonal se produce. Bien, en sinonimos.org nos encontramos con cerca de veinte opciones alternas, algunas de las cuales podrían servir para expresar una idea muy similar: originar, crear, elaborar, confeccionar, generar. El hecho es que hemos seleccionado producir y no otro de entre los casi veinte verbos claramente disponibles. Por alguna razón será.
Lo que escribimos está lleno de huellas que revelan quiénes somos, qué pensamos, cómo percibimos el mundo y en qué grupos sociales nos movemos. Es nuestra ideología como la concibe van Dijk (1998): pura cognición social. Y es social porque del otro lado está el lector, que lee y desentraña todos esos mensajes que le arrojamos con absoluta facilidad, basta con que ponga buena atención.
Básicamente, muchas veces, cuando seguimos al pie de la letra los consejos que nos ofrecen los manuales más tradicionales de redacción técnica, lo que hacemos es ocultar nuestro rostro. Lo que olvidamos es que seguimos respirando, transpirando, tras la máscara.

Imagen © patriciaegreen