No existe ningún discurso neutro. Todos están situados y, de un modo u otro, muestran su ideología. No existen datos absolutamente objetivos, desvinculados de las personas y de sus comunidades. Cualquier medida tiene un medidor, que observa desde algún lugar y en algún momento. Cualquier discurso tiene sesgo, pequeño o grande. No se puede entender nada plenamente, si no se relaciona con el autor, el lector y sus comunidades. Pretender que un texto carece de ideología es una forma de ideología: reproduce y acepta el estado de las cosas.
Daniel Cassany
En estos días voy henchida de alegría científica. Constato que la expresión honestidad científica o académica empieza a repetirse en los materiales dedicados a la formación en redacción técnica que comparte el MIT a través de su OpenCourseWare, en lugar de la objetividad. Y, qué puedo decir, me lleno de una cierta euforia. Quienes han asistido a los talleres para doctorandos que se han organizado en el Departament d’Economia de l’Empresa de la UAB saben cuál es mi posición con respecto a la objetividad, ese extraño constructo. Vayamos por partes. Esta es solo la primera.
La objetividad discursiva es muy discutible. Ocurre que cuando redactamos un texto seleccionamos elementos lingüísticos entre todos los que componen nuestro repertorio. La elección en sí misma es personal, individual. Existe, por supuesto, una intención detrás de ella: queremos que nuestro lector entienda exactamente lo que queremos decir. En esa especie de diálogo a ciegas, imprimimos en nuestros textos nuestra visión particular de lo que comunicamos. Es una versión muy simplificada de lo que se llama selección léxico-gramatical según la particular visión de Halliday (1985).
Piensen, por ejemplo, en una estructura impersonal de la cual podemos echar mano para ilustrar lo que ocurre cuando elegimos, digamos, un verbo. Lo haremos con apoyo electrónico porque, de momento, no tengo acceso al repertorio léxico de ningún cerebro. Tomemos el verbo producir. Con él podemos construir algo como un antiséptico e impersonal se produce. Bien, en sinonimos.org nos encontramos con cerca de veinte opciones alternas, algunas de las cuales podrían servir para expresar una idea muy similar: originar, crear, elaborar, confeccionar, generar. El hecho es que hemos seleccionado producir y no otro de entre los casi veinte verbos claramente disponibles. Por alguna razón será.
Lo que escribimos está lleno de huellas que revelan quiénes somos, qué pensamos, cómo percibimos el mundo y en qué grupos sociales nos movemos. Es nuestra ideología como la concibe van Dijk (1998): pura cognición social. Y es social porque del otro lado está el lector, que lee y desentraña todos esos mensajes que le arrojamos con absoluta facilidad, basta con que ponga buena atención.
Básicamente, muchas veces, cuando seguimos al pie de la letra los consejos que nos ofrecen los manuales más tradicionales de redacción técnica, lo que hacemos es ocultar nuestro rostro. Lo que olvidamos es que seguimos respirando, transpirando, tras la máscara.
La objetividad discursiva es muy discutible. Ocurre que cuando redactamos un texto seleccionamos elementos lingüísticos entre todos los que componen nuestro repertorio. La elección en sí misma es personal, individual. Existe, por supuesto, una intención detrás de ella: queremos que nuestro lector entienda exactamente lo que queremos decir. En esa especie de diálogo a ciegas, imprimimos en nuestros textos nuestra visión particular de lo que comunicamos. Es una versión muy simplificada de lo que se llama selección léxico-gramatical según la particular visión de Halliday (1985).
Piensen, por ejemplo, en una estructura impersonal de la cual podemos echar mano para ilustrar lo que ocurre cuando elegimos, digamos, un verbo. Lo haremos con apoyo electrónico porque, de momento, no tengo acceso al repertorio léxico de ningún cerebro. Tomemos el verbo producir. Con él podemos construir algo como un antiséptico e impersonal se produce. Bien, en sinonimos.org nos encontramos con cerca de veinte opciones alternas, algunas de las cuales podrían servir para expresar una idea muy similar: originar, crear, elaborar, confeccionar, generar. El hecho es que hemos seleccionado producir y no otro de entre los casi veinte verbos claramente disponibles. Por alguna razón será.
Lo que escribimos está lleno de huellas que revelan quiénes somos, qué pensamos, cómo percibimos el mundo y en qué grupos sociales nos movemos. Es nuestra ideología como la concibe van Dijk (1998): pura cognición social. Y es social porque del otro lado está el lector, que lee y desentraña todos esos mensajes que le arrojamos con absoluta facilidad, basta con que ponga buena atención.
Básicamente, muchas veces, cuando seguimos al pie de la letra los consejos que nos ofrecen los manuales más tradicionales de redacción técnica, lo que hacemos es ocultar nuestro rostro. Lo que olvidamos es que seguimos respirando, transpirando, tras la máscara.
Imagen © patriciaegreen






No comments:
Post a Comment